LECTURA, ESTUDIO E INVESTIGACIÓN

La Ética 1959 – 1960. Seminario VII  de Jacques Lacan

  • Del 17 de octubre de 2020 al 12 de junio de 2021
  • Sábados de 10:00 a 14:30  (8 sesiones – 36 horas)
  • Coordinación: Comisión de Estudios de ACCEP (Rut Sonnabend, Carmen Lafuente, Clotilde Pascual, Ferran Anell, Jacqueline Ariztia)
  • Docentes: Manuel Baldiz, Josep Monseny, Xavier Campamà, Clotilde Pascual, Mª Inés Rosales, Rut Sonnabend, Carmen Lafuente, Rosa Roca

“La ética  del psicoanálisis” se le impone a Lacan como consecuencia del seminario anterior sobre el deseo. Nosotros leemos sus seminarios siendo conocedores de sus elaboraciones no solo anteriores sino también posteriores. El curso pasado trabajamos Encore cuyo hilo conductor era la articulación del goce con el significante. Al leer La ética, nos encontramos con que su hilo conductor  es un goce sin conexión alguna con el significante y al que denominará La Cosa.

¿Significa esto una contradicción?

Significa un avance en la concepción del goce. Pero para este avance fue necesario todo el desarrollo  del goce real que encontramos en la Ética  y  que denomina La Cosa: lo extraño al sujeto, lo fuera de Simbólico. Necesario porque a partir de este concepto de la Cosa como goce masivo,  deriva el concepto de objeto “a”, objeto del deseo, que es el que permite articular el goce con el significante. Pero vayamos por partes y hablemos de lo que nos dice Lacan que lo motiva para poner en marcha este seminario: Destacar la gran novedad que supone el pensamiento freudiano en el abordaje de una ética.  Pues, para Freud, la génesis de la dimensión moral arraiga  en el deseo mismo. 

Lacan medirá la ética freudiana con la aristotélica y  la kantiana. Tendrá en cuenta sus contribuciones, sin embargo, encontrará mejor asidero a los planteamientos de Freud no tanto en las éticas precedentes sino en un acontecimiento datado históricamente como el Amor Cortes y en la tragedia griega. Freud, como Aristóteles, no duda de que el hombre busca la felicidad. Pero lo decisivo es que para esa felicidad nada está preparado en el universo como dice en El Malestar en la cultura. Ambos se plantean: ¿es suficiente conocer el bien para seguirlo? La experiencia demuestra que no es así. Freud demuestra que no existe soberano Bien, que el Soberano Bien que es das Ding , que es la madre, es un bien interdicto y que no existe otro bien.  Entre Aristoteles y Freud se sitúan otros filósofos que renovaron el concepto de la ética, entre los que ocupa un lugar destacado, Kant.

Kant da un paso con respecto a la moral tradicional al situar el problema ético fuera de la medida de lo que se puede hacer o no, al presentarlo como imperativo moral. Kant, como Freud se sitúa más allá del orden del hombre y su bien. Como dice Kant, seguir el bien no asegura ningún bienestar. El bienestar no es una noción moral y la búsqueda de la moralidad obedece a una máxima de actuación que pueda universalizarse, por eso la máxima kantiana no concierne a ningún objeto: una ley dicha desde ningún lugar.

La finalidad de Lacan al vincular Kant con Sade es  descubrir el objeto que oculta la ética kantiana, pues si bien no se trata de ningún objeto del mundo, sí se trata de un objeto, objeto que pone de manifiesto el fantasma sadiano y que más tarde Lacan llamará objeto “a”. Reconocemos el “a” en la voz que enuncia la ley. Con Sade retoma la imposibilidad el goce de La Cosa y nos conduce a la sublimación, la posibilidad de satisfacer la tendencia felizmente, eso sí, a condición de pagar un coste. La sublimación se paga con goce. Tomará como ejemplo de sublimación un acontecimiento que tuvo lugar en la Edad Media: el Amor Cortés. El Amor Cortés, mostrará el vínculo entre sublimación y creación. Permite ver cómo el sujeto en su empuje a volver a encontrar el objeto crea sustitutos del mismo. Pero no son objetos cualesquiera, sino objetos que dotan de la característica esencial de la Cosa: el vacío. Señala que estos objetos siempre se producen a contracorriente del discurso de la época. Y eso sucede con el Amor Cortés; a contracorriente totalmente del lugar que la mujer ocupaba en ese discurso, se crea la Dama. Dama que, por supuesto, sitúa más allá del principio del placer como corresponde a das Ding. El carácter inhumano de la Dama es esencial, pues está ahí no como mujer sino como significante. El objeto femenino se vacía de toda sustancia real pero no significante: “despiadada.”

La otra referencia que toma Lacan en relación a la ética es  Antígona porque, por un lado, muestra el fracaso de la ética de los bienes (Aristoteles) en la figura de Creonte y por el otro muestra cómo un deseo, el de Antígona, que apunta más allá de los límites, la hace presentar como cruel e inhumana y es un deseo puro de muerte. Si algo hace soportable la figura de Antígona es su belleza. Belleza que como el bien actúan de fronteras frente a Das Ding. 

Finalmente llega a las paradojas de la ética: Lacan se pregunta  ¿un juicio ético posible sería preguntarse si se ha actuado en conformidad con el deseo? Si Lacan plantea esa pregunta es porque la clínica le mostró que el sujeto siempre se siente culpable de haber renunciado a un deseo y, aunque esta renuncia se deba a un buen motivo, el sujeto hace equivaler esta renuncia a una traición, es decir a una acción éticamente reprobable. Freud en El malestar en la cultura, ya nos dice que cuanto más renuncia el sujeto a la satisfacción del deseo, más implacable se vuelve la conciencia moral.

Más adelante Lacan formulará que uno sólo es culpable de la falta de goce. Pero esta culpabilidad esconde algo: culpabilizarse de una falta que no toca, pues la falta de goce es estructural para todo ser sometido al lenguaje, no tiene otra finalidad que ocultar la castración propia del sujeto. Por eso la ética del psicoanálisis no consiste en el atravesamiento de los limites que protegen de das Ding, sino  en acompañar al sujeto hasta ese límite.